Grupo Asobe: LA INDIA

sábado, 23 de febrero de 2008

LA INDIA

Todavía sentía el calor del fuego. Nos alumbraba y protegía de la noche y sus peligros; nos protegía de aquel negro oscuro y del frío; frío que apenas sentía.
Su cuerpo danzaba al son de los tambores, que estos sonaban al compás del ulular del búho y el silbido de los grillos.
Todo su cuerpo, sus cabellos y sus ropas ondulaban como las llamas del fuego y éste soltaba chispas de pasión.
Yo la contemplaba; era lo único que podía hacer. Mis pupilas se dilataban cada vez que ella se fijaba en mí; me ponía nervioso.
Los indígenas cantaban, y el silencio era invadido por aquellos cantos y aquella música; música que jamás escucharé en ningún otro sitio, pero aún así, sólo podía fijarme en ella.
Los cantos, los tambores, el búho y los grillos eran parte del segundo plano. Sólo podía contemplarla, mirarla, y seguir su cuerpo con los ojos.
Todo era perfecto. Su piel tostada y brillante emanaba suficiente luz para alumbrar la zona; su cabello era negro, largo y lacio, con pequeñas trenzas a los
laterales adornando, y una cinta alrededor de la cabeza, de un color rojo fuego.
Su cuerpo esbelto y medio desnudo seguía moviéndose con aquellos “trapos” de pieles que le tapaban sus pechos y sexo. Sus ojos irradiaban, su sonrisa leve era protagonista de su mirada perfecta, y su nariz pequeña y redondita le daba su carácter. Sí, todo era perfecto.
El jefe indio fumaba la pipa de la Paz, sentado en cima de una alfombra de pieles de conejos. Reía. De vez en cuando me miraba y me ofrecía carne de búfalo. No me atraía nada aquella carne, pero rechazarla sería una ofensa, así es que asintiendo con la cabeza di las gracias. La sangre de aquella carne medio cruda se encontraba en la base del cuenco de madera, y las moscas se posaban de vez en cuando en ella. Cerré los ojos y comí, aunque por un solo segundo, pues no quería dejar de observarla.
Toda la fiesta fue emocionante, los tambores, el fuego, la danza, la carne de búfalo, la noche, la india, el calor... incluso el sudor que éste hacía que desprendiera.
No podía resistirlo; pero indignado me acerqué a mi tienda dispuesto a dormir. Me arropé con las pieles y cerré los ojos medio cansados.
De repente, la India entró. Sí, aquella preciosidad se percató de mi deseo y trató de saciarlo.
Entró medio desnuda, y en unas milésimas de segundo, su cuerpo ya no estaba tapado con nada. Vi sus ropas deslizarse por su cuerpo hasta caer al suelo; vi su mirada perversa y pícara observándome, vi su silueta perfecta. La vi indefensa y a la vez fuerte.
Decidida, se acercó a mí, con aquellos andares airosos que tenía; yo sudaba, pero ella se seguía acercando sin percatarse de mis nervios, nervios por la expectativa de que la noche guardase algún travieso placer.
En un instante indescriptible, su cuerpo desnudo se posó en cima del mío, y nos fundimos en un solo y único ser. Nuestros cuerpos se unieron, como se unen dos imanes de polos opuestos, rechazando cualquier espacio vital que pudiera existir en aquel momento. Mientras nosotros sentíamos la pasión, el fuego, afuera, chispeaba con más intensidad. El canto de los indios sonó más fuerte, y el sonido de los tambores eran más intensos que nunca. Comenzaron a aparecer estrellas en el cielo y se alinearon y brillaban, pero no había estrella más singular, que hubiera podido ver nunca, que aquella hermosa india.


Laura Martínez.

4 comentarios:

Aguabella dijo...

Un relato precioso con un erotismo dulce y nada dañino.
Me ha gustado mucho.
Lo he leído en esta mañana lluviosa que tenemos aquí en Madrid, lo he disfrutado, muchas gracias por regalar estos escritos.

Intoxicada.* dijo...

Hermozo relato,apasionado & dulce a la vez =)

Mefistófeles dijo...

Es cuando la sensación se interna directamente a la sangre, la música y los tambores logran ese efecto, esos colores.
Creo que me hiciste sentir así.
Saludos y Abrazos.

Matthew dijo...

interesante las sensaciones que se respiran al leer tu escrito

tienes buen futuro como narradora...de apocos vas mostrando tu verdadera naturaleza

saludos cordiales

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